domingo, 27 de mayo de 2012

El 25 de abril es un día distinto dentro del calendario. Algunos lo eligieron para poner en marcha una revolución. Otros simplemente cambiaron su vida. Hay quienes, como los Marcos, celebran su santo año tras año. Y también es un día escrito con letras de oro en la historia del Obradoiro CAB. Porque fue un 25 de abril cuando el club santiagués logró en Mataró su primer ascenso a la élite del baloncesto español. En 1982, año en el que Naranjito vio la luz y en el que el Juan Pablo II peregrinó a Compostela. Era Año Santo, momento idóneo para hacer milagros. Hace unas pocas semanas se cumplieron 30 años de aquella proeza. Por eso ahora la recuperamos.

De la temporada 1981-82 ya hemos hablado en otra ocasión en este blog. El Obra había conformado un equipo joven pero competitivo, que comenzó la temporada como un cohete (7 victorias en los 8 primeros partidos) y que hizo soñar a la afición compostelana con la Primera División (actual ACB) tras once años de existencia del club. El viejo pabellón de Sar se quedaba pequeño. El equipo se mantuvo siempre en los puestos de cabeza. Y lo del ascenso dejaba de ser una quimera para convertirse en un sueño realizable, al alcance de la mano.

Cuentan los que lo vivieron que aquel año se celebraron dos ascensos. O un ascenso en dos partes. Porque la primera tuvo lugar el domingo anterior en Santiago. La victoria obradoirista en el derby provincial frente al Bosco de A Coruña (en un Sar abarrotado) sirvió durante unos minutos para celebrar el cambio de categoría, pero al Hospitalet le dio por ganar su partido y dejó todo pendiente para la última jornada. Tocaba jugarse toda la temporada en el pabellón Josep Mora de Mataró.

El pabellón Josep Mora de Mataró, en la actualidad
(Foto: Blog Never Run Alone
)

Recapitulemos. 25 de abril de 1982. Jornada 26 de la Primera B. El Inmobanco y el Baskonia ya están ascendidos a Primera División y la tercera posición (válida también para subir de categoría) la ocupa el Obradoiro, con 17 victorias y 8 derrotas. En cuarta posición está el Hospitalet. A los catalanes les llega con una derrota del Obradoiro y con una victoria en su casa ante el Juventud de Córdoba (cuarto por la cola) para birlarnos el ascenso. La conclusión es clara: es suficiente con ganar... pero solo vale ganar.

El equipo se desplaza el sábado a tierras catalanas para preparar el partido a conciencia. Y el domingo por la mañana los jugadores llegan pronto al pabellón Josep Mora dispuestos a afrontar aquella gran final. Mientras, los transistores funcionan a pleno rendimiento en Santiago como única forma de tener noticias de un Obra que había llenado el viejo pabellón de Sar jornada tras jornada. Un lector del blog, Marcos Taboada, no olvida ese día pese a tener solo 12 años: "Recuerdo perfectamente el 25/04/1982 (...) era domingo por la mañana y muy soleado en Santiago. Yo jugaba un partido de minibasket en La Salle (...) pero algunos estábamos más pendientes de la radio y de lo que pasaba en Mataró", me cuenta.

Abalde (13) y Lomas (7), luchando
un balón contra un rival
¿Y qué pasaba en Mataró? Pues que el Obradoiro se enfrentaba a un equipo local que, en teoría, no se jugaba nada. Esa es la teoría. En la práctica ya se sabe que estas cuestiones son imposibles de demostrar... pero en Santiago quedó la firme convicción de que el Mataró recibiría una prima en caso de victoria. Aunque también es verdad que el equipo catalán le había ganado dos semanas antes al Baskonia y como local se convertía en un rival mucho más temible.



La cuestión es que en los primeros 20 minutos las cosas se pusieron cuesta arriba. "El partido fue espectacular pero muy complicado, y eso que había venido gente de Santiago a animarnos", explica Julio Bernárdez, ex-jugador del Obradoiro y que esa temporada había sido convencido por Pepe Casal para colgar las botas y acompañarle en el banquillo. Más de 1.100 kilómetros separan Compostela de Mataró aunque eso no fue impedimento para que decenas de obradoiristas cruzasen España en autobús, avión o en vehículos particulares con el único fin de arropar a su equipo. Y eso, paradójicamente, pesó como una losa en los jugadores desde el inicio.

Es cierto que aquel Mataró-Obradoiro empezó fatal. Los catalanes plantearon una zona muy agresiva que se le atragantó a un Obra lastrado por la presión. En la mitad de la primera parte ya mandaba el equipo barcelonés por 12 puntos (33-21). Alberto Abalde lo recuerda con nitidez: "El partido lo vi casi perdido y con esa sensación de remar tanto para quedarnos en la orilla; estábamos muy agarrotados y no nos entraban los tiros", confiesa. Desde el banquillo se tenía la misma sensación. "En la primera parte no estuvimos muy acertados, salimos muy presionados. Y además nos encontramos con un arbitraje caserillo", subraya Pepe Casal. La crónica que realizó Joaquín Lladó para la revista Nuevo Basket refleja esas sensaciones. Un Mataró en el que "todo eran aciertos" frente a un Obradoiro cuyos jugadores "se veían sorprendidos una y otra vez". Parecía repetirse la historia vivida en ese mismo pabellón dos semanas antes, cuando el equipo catalán le había ganado sin apuros a un Baskonia que también terminaría ascendiendo. Dos jugadores castigaban el aro compostelano sin piedad: el alero Luis Varela (terminaría con 27 puntos) y el pívot Carlos Pérez (24), que meses después ficharía por el Obra.

Pero las cosas comenzaron a cambiar a medida que terminaban los primeros 20 minutos. El propio Lledó vincula el inicio de la remontada a un Obra "espoleado por unos seguidores que dieron alas a su equipo". En la grada se escuchaba los bombos procedentes de Galicia y los gritos de ánimo de unos aficionados que incluso se llevaron unas empanadas, tal como recuerda Eduardo Echarri. Quizás el olor de la gastronomía gallega surtió efecto entre los jugadores. "No sé de dónde sacamos fuerzas para remontar", asegura Echarri, quien confiesa la "sensación de angustia" vivida desde el banquillo. La cuestión es que el equipo empezó a carburar y al acabar la primera parte llovía un poco menos: 46-40.

La 2ª parte: el Obra toca el cielo

Probablemente haya dos factores, relacionados entre ellos, que explican lo que pasó después y que justifican la victoria del Obradoiro. Uno es la cuestión psicológica. El otro, el resurgir físico de una plantilla en la que militaban unos cuantos universitarios, donde no había demasiados jugadores profesionales y con la juventud por bandera. "Realmente éramos un equipo para mantenernos... pero en ese momento veíamos que se nos iba el ascenso; no quedaba más remedio que seguir luchando", reflexiona Manolo Vidal, otro de los que consiguió aquella hazaña.

Mario Iglesias, saltando más que nadie

Sobre lo primero, en el vestuario de Mataró hubo una conjura para no repetir los errores de la primera parte. Y en eso tuvo que ver la plena conciencia de que había una colonia santiaguesa en la grada y que otros tantos estaban en Galicia con el transistor en la oreja. "Sabiendo que la gente nos estaba escuchando en Santiago no les podíamos fallar, y al final acabas dando los hígados; después del descanso salimos a morir y yo creo que ganamos por corazón", rememora Alberto Abalde.

Al factor psicológico se le une el físico. Desde el banquillo se ordena una zona 1-3-1 desde el medio campo y con ajustes que, literalmente, empieza a ahogar al Mataró. Pepe Casal recuerda que es el tipo de sistema que popularizó Dan Peterson, el histórico entrenador de la Virtus y del Milán de Dino Meneghin, el equipo que marcó una época en el basket europeo de los 80. "Atacábamos al rival muy agresivos con el dos contra uno", explica Casal. "Y también teníamos muy buenos tiradores. Tuvimos la suerte de que en los dos primeros ataques no les dejamos tirar y ahí cambió todo", añade.

El Mataró empieza a perder fuelle al verse incapaz de superar la trampa defensiva del Obradoiro. Y los santiagueses se crecen. El cronista de Nuevo Basket atribuye la reacción a la defensa y también al poderío ofensivo del tridente formado por Mario Iglesias, José Antonio Gil y Ramón Balagué, que "causaban estragos con sus acciones atacantes". También es clave el trabajo reboteadory defensivo de Alberto Abalde. Al poco de comenzar la segunda parte el Obra logra empatar el partido. Y a continuación se pone por delante. El Mataró se convertía en "una sombra de lo que había sido en las primeras fases del encuentro", relata la crónica.

A uno de los tres miembros de ese tridente, Ramón Balagué, lo localizamos en Cataluña. Vino a hacer el servicio militar a Santiago y se enroló en las filas del Obradoiro. Tres décadas después también se acuerda de aquel partido. "Lo recuerdo con mucha ilusión, bajaron autobuses desde Santiago y estuvo toda la ciudad pendiente; con la ayuda de la afición lo conseguimos", nos cuenta. "En el aspecto físico teníamos unas segundas partes demoledoras, las condiciones físicas eran fantásticas", destaca Balagué, autor de 14 puntos aquella mañana de abril. Un extremo que también confirma Abalde: "Aún recuerdo los entrenamientos por la Herradura lloviendo a cántaros... y aunque llovía, daba igual".

Plantilla del Obradoiro 81-82 que logró el ascenso.
Arriba (de izq. a der.): Julio Bernárdez, Pepe Casal, Abalde,
Balagué, Vidal y Corts. Abajo: Lomas, Vallejo, Echarri,
Popocho Modrego, Montero, Gil, Mario Iglesias y Añón.
Otro de los que defendió la camiseta del Obra en aquel histórico partido es el pívot granadino Arturo Corts. Abogado en la localidad toledana de Consuegra, Corts jugó (y estudió Derecho) en Compostela aquella temporada 1981-82 gracias a una cesión del OAR Ferrol. "Vinieron muchos aficionados desde Santiago y el partido lo ganamos en aquella segunda parte", relata.

La historia de aquellos 20 minutos se resume en que el equipo santiagués logró ponerse por delante en el marcador y nunca volvió a estar por detrás. "Fue clave el gran partido de Gil y Mario Iglesias; en los últimos 10-15 minutos les empezó a entrar todo y nos vimos arriba", resume Manolo Vidal. La igualdad era máxima y eso se reflejaba en los empates a 50, 60 y 68, este último en el minuto 32. Fue ahí cuando llegó el spint final. El Obradoiro empezaba a despegarse y a falta de dos minutos el marcador señalaba un 78-87. Solo una pequeña pájara final metió en el miedo en el cuerpo (84-87) cuando quedaban 42 segundos. Pero una falta en ataque del Mataró y dos tiros libres de José Antonio Gil sentenciaron el partido. La última canasta de Carlos Pérez ponía el 86-89 definitivo. El Obradoiro había ascendido a Primera División.

Con el partido terminado, los seguidores del Obradoiro saltaron a la cancha para celebrar con los jugadores la gesta. El pabellón Juan Rosa de Mataró era testigo de lo mismo que se repetiría 29 años después en la cancha burgalesa de El Plantío. Entre los que no festejaron aquella victoria estaban los jugadores del Hospitalet, presentes en la bancada (su partido se había suspendido por incomparecencia del rival) y deseosos de una derrota compostelana que nunca se produjo. También vivió aquel ascenso en directo Aíto García Reneses, que había acompañado a la expedición obradoirista en Mataró dada su amistad con Pepe Casal. Otra anécdota: Julio Bernárdez tenía un jersey de la Universidad de Santiago considerado talismán. Aquella mañana no se lo quitó... y el Obra logró el ascenso.

Aficionados, técnicos y jugadores se abrazan
tras conseguir el triunfo en Mataró
 Esta es la histórica ficha técnica:

-MATARÓ (86): Lluch (4), Carlos Pérez (24), Varela (27), Pascual (13), Illa (6) -cinco inicial- Ibáñez (2), Pruna (6), Candeal (4).
-OBRADOIRO INTERTISA (89): José Antonio Gil (28), Mario Iglesias (25), Lomas (7), Modrego (4), Abalde (11) -cinco inicial- Balagué (14), Echarri, Vidal, Corts, Montero, Vallejo.
-Árbitros: Ortiz y López Sansano.

Apoteósis en Lavacolla

La celebración del ascenso aquel 25 de abril de 1982 comenzó en la pista del Josep Mora. Pero a esa alegría también se unieron los cientos de personas que escucharon el partido a través de la radio desde Santiago. En la ciudad comenzó a echar humo el teléfono para difundir un mensaje: había que subir al aeropuerto de Lavacolla para recibir a los héroes del ascenso.

Mientras, los jugadores y técnicos del Obra tomaban un avión con destino a Compostela. Y aquel vuelo ya fue una fiesta. Parece ser que el comandante de Iberia felicitó al equipo por la victoria e incluso invitó a champán. "Recuerdo todo en una nube, fue indescriptible, algo inolvidable", reconoce Manolo Vidal. Y es que ni él ni nadie podían intuir lo que les esperaba esa noche en el aeropuerto compostelano. 

Aficionados del Obradoiro en la pista de Lavacolla
El avión procedente de El Prat tomó tierra en Lavacolla y allí esperaban varios cientos de personas. Tal era la expectación y tan pequeña se había quedado la vetusta terminal que las autoridades permitieron algo hoy inimaginable: abrir las puertas de acceso a la pista para que los aficionados recibiesen al equipo. Alberto Abalde opta por un símil histórico: "Hicieron algo especial y les dejaron pasar a la pista; parecía lo de las Copas de Europa del Real Madrid en la época de Franco", comenta entre risas. "Fue una locura, la gente se acercó a la escalera del avión", confirma Eduardo Echarri.

Lavacolla se llenó de cánticos, felicitaciones, y jugadores y técnicos sacados a hombros del edificio. El "problema" es que el aeropuerto de hace 30 años no tenía las conexiones ni las infraestructuras de ahora. Y literalmente se colapsó. Todas las personas que aquella noche estuvieron allí recuerdan las dificultades que pasaron para regresar a la ciudad por la caravana que se formó en la vieja carretera de Lugo. "Tardamos tres horas en volver al centro", relata Julio Bernárdez. "Yo tardé unas dos horas y media en llegar; nadie contaba con que ese equipo pudiese ascender, realmente era un equipo hecho con jugadores de la casa", destaca Pepe Casal como factor clave para explicar la identificación de la afición con aquel Obradoiro 1981-82.

Seguidores del Obradoiro en Mataró, bombos en mano
La celebración de aquel histórico ascenso no concluyó aquella noche. Hubo homenajes, fiestas y recepciones oficiales de varias instituciones. Algunos todavía guardan alguna anécdota, como lo que le pasó a Arturo Corts cuando fueron recibidos por el arzobispo de Santiago, Ángel Suquía. "Fue en el Hostal de los Reyes Católicos y allí estaban el presidente de la Xunta, el alcalde... De pronto, el cardenal me acercó el anillo para que lo besase... y yo le di la mano", cuenta Corts. Actualmente mantiene una vinculación con Santiago a través del Camino, puesto que ya lo ha recorrido en bicicleta desde Somport y Roncesvalles y ahora planea hacerlo desde París. Pero el pívot granadino ha traspasado el gusto por el basket a su sobrino Carlos Corts, base del equipo cadete del Unicaja. Un tiro libre suyo le dio a Andalucía el campeonato de España de Mini en 2009.

Todas las personas que vivieron aquel 25 de abril de 1982 coinciden en señalar que el desenlace final fue un justo premio a una temporada muy brillante en la que la conexión entre el Obradoiro y su gente fue más que decisiva. Es cierto que en las memorias de los protagonistas de aquella hazaña perviven otros recuerdos. Como el barro que rodeaba el viejo pabellón de Sar los días de lluvia, los viajes interminables en autobús o los paseos que se pegaban algunos jugadores al ir a entrenar al pabellón por la sencilla razón de que no tenían coche. Pero nadie olvida a la afición, incluido un protagonista de Mataró: "Hay otras canchas con más gente, como Málaga o Vitoria. Pero el Obradoiro siempre ha sido muy especial, algo inigualable. La pasión que hay ahora en Sar ya la había en 1982... ya existía".

*Artículo escrito en mayo de 2012 con la inestimable colaboración de Alberto Abalde, Ramón Balagué, Julio Bernárdez, Pepe Casal, Arturo Corts, Eduardo Echarri y Manolo Vidal. Y con la gran ayuda de Manuel, por su valiosa información. Gracias a todos ellos.

martes, 17 de abril de 2012

"La buena gente se nos va". Este fue el título elegido por un veterano periodista del The Boston Globe para encabezar un artículo en el que relataba con tristeza la muerte de Bill Collins. En la ciudad más europea de Estados Unidos, ese artículo sirvió a modo de pequeño homenaje para un jugador que había dejado huella en su baloncesto universitario. Pero la noticia de su desaparición pasó desapercibida en Santiago, pese a que Collins continúa siendo (hasta este próximo sábado, 21 de abril) el jugador norteamericano que más veces ha vestido la camiseta del Obradoiro CAB. Y hasta la renovación de Deron Washington y Bernard Hopkins, se mantenía como el único jugador USA que permaneció durante más de una temporada en el equipo santiagués. Con toda la modestia del mundo, sirvan estas líneas como reconocimiento a Bill... estés donde estés.

En un Feiraco-Cajamadrid de la temporada 86-87
Nacido en 1953 en Dorchester, una zona residencial al sur de Boston, William Collins va a dejar un importante recuerdo en la universidad católica de la ciudad, el conocido Boston College (BC). Había llegado a este centro tras su paso por una escuela de formación ya desaparecida, el Don Bosco, en la que se había convertido en su jugador más famoso. Es en esta época preuniversitaria cuando Collins forma parte de una generación de jugadores conocida como Los Seis de Boston. "Fue la cosecha de jugadores de Secundaria más importante de la ciudad", recuerda en el artículo Bob Zuffelato, entrenador del BC entre 1971 y 1977 y actualmente uno de los scout de Toronto Raptors."Nunca ha habido un grupo como ellos", asegura Zuffelato.

Con el 54, en el Boston College
(Foto: Boston College)
Pívot de los de antes acostumbrado a jugar de 4 o de 5 (era un 2,05), Bill Collins formó parte del Boston College desde la temporada 1973-74 a la 1975-76. En su primer año como freshman comenzó apareciendo desde el banquillo pero posteriormente se convirtió en el center titular de los Eagles, con los que disputó un total de 86 partidos. Era uno de los emblemas de aquel equipo, con el que llegó a jugar en la NCAA de 1975 (fueron eliminados por Kansas State) y que tuvo el honor de ser el capitán en su último año. Según recuerdan en el propio centro, Collins lideró el equipo en el capítulo reboteador en cada uno de sus tres años con los Eagles y siempre superó los dos dígitos de media. También se mantiene todavía como el octavo máximo reboteador de la historia de esta universidad (857 capturas) y quinto en porcentaje de tiros de campo (53,2%).

Aunque si por algo empezaba a destacar Bill Collins ya en su etapa universitaria es por su regularidad y solidez, y no tanto por actuaciones espectaculares. Es cierto que en el Boston College todavía se acuerdan de los 18 puntos que le metió a Furman en la primera ronda de la NCAA de 1975, pero probablemente sea porque ha sido un centro poco habituado a grandes glorias baloncestísticas. Más allá de eso, Collins antepondrá siempre el equipo y el éxito del colectivo al mérito individual.

Llega el momento de dar el salto al profesionalismo y los integrantes del Boston Six toman caminos distintos. Dos de ellos (el base Ronnie Lee, 1ª ronda del draft, y el alero Bob Carrington) llegan a pisar la NBA durante algunos años. King Gaskins (fallecido en 1994), Wilfred Morrison, Carlton Smith y Bill Collins no lo consiguen, pese a que Collins es elegido en la novena ronda del draft de 1976 por los Celtics. Pero nunca se pondrá la camiseta verde de Boston. Es el verano de 1976 y llega el momento de hacer las maletas y buscarse la vida fuera de Estados Unidos.

Salto a Europa: Venezuela, Suecia e Italia

La salida de USA supone el inicio de una etapa de once años en la que Bill centrará su actividad en Europa. Pero su primer destino es, curiosamente, fuera del viejo continente. El baloncesto venezolano tenía cierta capacidad adquisitiva hace 35 años y eso explica la presencia de Collins en los Cocodrilos de Caracas. No hay demasiada información al respecto, aunque sí consta que fue uno de los jugadores más destacados durante dos temporadas (de 1976 a 1978).

Más extraño resulta su siguiente destino: Suecia. Está claro que nuestro protagonista no notaba demasiado los cambios térmicos, porque la temporada 1977-78 la pasa enrolado al otro lado del planeta, en el Malbas de Malmoe. A estas alturas puede parecer sorprendente la presencia de un norteamericano a mediados de los setenta en el más que enigmático baloncesto sueco. Pero resulta que a Collins no es que le falten compatriotas. Es más: esa temporada compartirá vestuario en el Malbas con otros tres jugadores estadounidenses (Darryl Brown, Glenn Hudson y Richie Blue). Este último llegó a contar su aventura sueca en un periódico de Nueva York.

Con la camiseta del Obra, en un partido
contra Hospitalet (Foto: Manuel)
Pero la carrera de Bill Collins se consolidará enormemente en el verano de 1978, cuando ficha por un equipo italiano de la A2, el Rodrigo Chieti. Será el comienzo de una fructífera carrera en el basket de Italia que se prolongará durante cinco años y que le permite madurar como jugador y también como persona, al tiempo que se hace un nombre en el baloncesto europeo. Sus dos primeras temporadas las pasará en Chieti, una ciudad con una población de poco más de 50.000 habitantes. Allí se convierte en pieza fundamental del equipo y promedia en su primer año 22 puntos y 11 rebotes, consiguiendo casi un tercio de los puntos del equipo. Su rendimiento se mantiene en términos similares durante el segundo año (19-13), pero la posición del equipo mejora gracias a que ese año será compañero de un hombre que después se convertiría en leyenda del basket español, un tal Essie Hollis. Incluso hay vídeos prehistóricos en los que se puede ver jugar a ambos juntos.

No he encontrado un solo dato que confirme que Bill jugó en Francia en la temporada 80-81, como en teoría sucedió.

Gracias a un comentario anónimo en este blog sabemos que en la siguiente temporada (80-81) estuvo en Francia, en el Stade Français, un club de las afueras de París. Collins terminó aquella temporada como el tercer mayor anotador de la liga francesa con una media de 24,7 puntos por partido. Su club jugó además la Copa Korac y acabó la liga en quinta posición.

El periplo de Collins continúa al año siguiente en Italia con otra parada en el Sacramora Rimini. Allí permanecerá otros dos años en el club del que salió el mítico Carlton Myers. Y en la turística Rimini continuará haciendo gala de su regularidad: 18,6 puntos y 10 rebotes en su primera temporada (1981-82) y unas cifras similares (17,7 y 10) en la segunda (82-83). En ambos casos el equipo logra la permanencia en la A2. Su último año en Italia lo pasará en el Lebole Mestre de Venecia, el mismo equipo por el que años antes habían pasado Moncho Monsalve (duró tres meses al no obtener la licencia federativa) y el propio Essie Hollis. Fiel a su costumbre, Bill ofrecerá un rendimiento similar al de temporadas previas: 17,1 puntos y 10 rebotes.

El año del Clesa

Verano de 1984. Al agente que tenía Bill Collins, el conocido representante Luciano Capicchioni, le llega el interés de un equipo español por fichar al jugador. Era el Clesa Ferrol. "Le interesó la oferta que le hicimos, y eso que Bill tenía un caché alto en Italia", nos recuerda Jaume Ventura, entrenador del equipo ferrolano en aquella temporada 1984-85. El Mundo Deportivo publicaría a principios del curso que el Clesa había cerrado un contrato por 45.000 dólares.

Ventura resalta el sabor agridulce que le dejó aquella temporada al frente del equipo departamental. Ese año el Clesa disputó la copa Korac con un resultado más que digno. Alcanzó la segunda fase, lo que le permitió jugar contra equipos de la categoría del Varese o del Orthez (también contra el Renault Gante de Víctor Anger), pero la plantilla era demasiado corta para disputar con garantías las dos competiciones. "Ahora las cosas son distintas porque las plantillas son más largas; antes no era igual, cada viaje era una paliza, y más desde Ferrol...", destaca Ventura, con quien contactamos gracias a la ayuda de nuestros compañeros del periódico menorquín Última Hora.

Con el Clesa, en un cromo de la temporada 84-85. En el
apellido confundieron 'Collins' con 'Colling'
y no le
llamaban Bill, sino William (Recorte: Miguel Pereira
)
El paso de Bill Collins por A Malata deja unas estadísticas más que aceptables, pese a que otros jugadores hayan calado más en el recuerdo de la gran afición ferrolana. Es Bill el que le mete 27 puntos al Rácing de Malinas en la ida de la primera eliminatoria de la Korac. O el que anota 26 en Atenas contra el AEK o 30 en Varese. Tampoco falla en la liga regular: al término de la temporada figurará entre los primeros clasificados del trofeo Winston, que premiaba a los jugadores con mejor porcentaje de tiros de dos. Esa temporada logra más de 370 canastas.

Si en el rendimiento deportivo no hay objeción, mucho menos en lo personal. "Me dejó muy buen recuerdo; personalmente era extraordinario, una persona de las que hacía equipo", asegura Jaume Ventura, que lo define como un jugador "que no se complicaba la vida". "Jugaba dentro, reboteaba bien y hacía sus 10-12 puntos todos los partidos sin problema", añade.

Pero Collins no continuará en Ferrol. La temporada se empieza a torcer en noviembre tras un partido en casa contra Cajamadrid (88-90), en el que los 36 puntos de Bill serán insuficientes para ganar a los madrileños. Esa derrota obliga a los ferrolanos a jugar la segunda fase encuadrado en el grupo A-2 (para evitar el descenso) y varía el rumbo del curso. En marzo, el OAR confirma que la próxima temporada se quiere traer a otro jugador extranjero más contundente en la pintura, sobre todo en defensa. La única opción de que Bill permanezca en Ferrol pasa por conseguir la nacionalización del otro americano, un tal Nate Davis, que esa temporada acabaría siendo el máximo anotador de toda la ACB. Esa nacionalización no llega y, puestos a elegir, es evidente que le tocaba a Collins hacer las maletas. Su edad tampoco ayudaba y sus problemas físicos (sus rodillas y su espalda ya le empezaban a dar problemas) resultan definitivos. 
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Y Obradoiro: un gran epílogo

Cuando Feiraco Obradoiro anuncia en agosto de 1985 el fichaje de Bill Collins para afrontar su retorno a la Primera B es probable que desde el club se tuviese confianza en que daría con la tecla acertada y que se trataba de una apuesta segura. Pero quizás en Santiago no se contase con que ese jugador se convirtiría hasta abril de 2012 en el norteamericano que más partidos ha disputado en la historia del club, un total de 75 encuentros. Y lo más importante: tampoco se podía intuir lo muchísimo que lo echarían en falta más adelante el resto de sus compañeros.

El rendimiento deportivo de Collins en Compostela queda fuera de toda duda. En la primera temporada promedia 22,9 puntos en los 27 partidos que juega con el Obra. Algunos son auténticas exhibiciones, como los 34 puntos que le endosa a Hospitalet o los 33 que le mete a Lliria o a Tizona de Burgos. Pese a sus 32 años y a ser el único americano del equipo, se convierte en la referencia de una plantilla joven con la que la afición de Santiago vuelve a disfrutar del baloncesto. Al término de la primera vuelta es el máximo reboteador ofensivo de la competición. Bill no fallaba. Nunca lo haría.

Con el 10, su número en el Obradoiro, en
una foto firmada. (Foto: Manuel
)
Los guarismos se mantendrán en las dos temporadas posteriores, que a la postre serán las últimas de su carrera. En la 86-87 bajará mínimamente las medias (21,3 puntos por partido), en un año en el que Obradoiro llega a promediar más de 93 puntos en cada encuentro. Y en la última, la 87-88, hace gala de su regularidad (la que mantuvo durante toda su carrera deportiva) y repite exactamente el mismo promedio que en la anterior: 21,3 puntos. Pero más allá de lo deportivo, resulta imposible recordar las canastas y los rebotes de Bill Collins y obviar lo que supuso su paso por Compostela para la afición y sus compañeros.

"Era una persona excelente y un profesional de la hostia; muy serio en el trabajo, un tío de equipo... notamos mucho cuando se fue", reconoce Julio Bernárdez, entrenador del Feiraco Obradoiro en la temporada 1987-88. Era la tercera de Bill en el equipo. Habían pasado más de dos años desde su llegada a Compostela cuando a mediados de noviembre se marcha a Estados Unidos. Su madre acababa de ponerse gravemente enferma y su padre ya había fallecido. Cogió un vuelo, regresó a Boston y nunca más volvió. Y el Obra no se recuperó de su ausencia. Fue el inicio de una temporada nefasta que culminaría con el descenso de categoría. "Era un caballero, siempre pendiente de sus compañeros", nos relata Bernárdez.

Uno de los jugadores con los que Collins mantuvo más relación en Santiago fue Eduardo Echarri, ya que ambos eran vecinos. Echarri recuerda a Bill como un "americano europeizado" e ilustra esto con una curiosa anécdota. "Una noche, Bill me invitó a su casa a cenar; cuando llegué había preparado un pollo en pepitoria que estaba perfecto, y me ofreció un vaso de vino", nos cuenta. "No era el profesionalismo de ahora, no se establecen vínculos entre los jugadores; en aquella época el Obradoiro era un club diferente, éramos amigos", destaca.

Eduardo Echarri también tiene fresco aquel mes de noviembre de 1987. Una noche apareció Collins en su casa diciéndole que se tenía que marchar de forma urgente para Estados Unidos. En base a su confianza, le pidió que le guardase el coche y se hiciese cargo de las llaves. "Era un Mercedes blanco, con matrícula italiana; él me dijo 'ya me pondré en contacto contigo para recuperarlo', pero fue la última vez que hablamos", asegura. Era un coche con muchos miles de kilómetros y, para más inri, sin ningún tipo de documentación. Echarri trató de contactar con Bill para saber qué hacer con el coche. Incluso le mandó una carta. Y a falta de noticias, el vetusto Mercedes terminó sus días en una chatarrería.

Collins, tercero por la izquierda, en el Obra 1986-87. Un
equipazo que rozó el ascenso a ACB. (Foto: Obradoiro CAB)
Otro que convivió de cerca con nuestro protagonista fue el pivot Julio Torres, que con poco más de 20 años conectó perfectamente con un veterano como Bill. En esta relación ayudó mucho que hablase español sin problemas. "En aquella época ya nunca decía su edad; cuando se la preguntábamos, él se reía", nos confiesa divertido Torres, quien no duda en afirmar que "es de las mejores personas con las que he coincidido". Un extremo que corrobora una leyenda del obradoirismo, Mario Iglesias: "Bill Collins era grande, era persona en un mundo en el que lo que abunda es la gente".

Además de sus problemas en las rodillas, Julio Torres también tiene frescos los dolores de espalda que sufría Collins en la recta final de su carrera deportiva. Pero no es escondía. "Él se infiltraba para poder jugar", asegura. En sus dos primeras temporadas en Santiago solo se perdió un partido, y fue porque el equipo ya no se jugaba nada. "Bill Collins siempre sacaba la mano para darme una línea de pase; nunca se ocultaba, siempre aparecía", destaca Eduardo Echarri.

"Aquí juego con más alegría"

Me cuentan algunos de los que lo conocieron en Santiago que Bill le mandaba a su familia casi todo el dinero que ganaba con el baloncesto. Que no renunciaba a sus cañas con sus compañeros, pero que no era dado a lujos ni ostentaciones. Vivía solo y cuando su madre enfermó, cogió las maletas y "ni siquiera tuvimos tiempo de hacerle una cena de despedida", lamenta Julio Torres. Y nunca más hubo noticias sobre él. Eran otros tiempos. Contactar con alguien en Estados Unidos podía ser una odisea.

Con el 10 a la espalda, el número que siempre
llevó en el Obradoiro (Foto: Manuel)
Uno de los que sí tuvo contacto con Bill Collins en los últimos años antes de su muerte fue Bob Zuffelato. Es el ex-entrenador del Boston College quien le cuenta al periodista del The Boston Globe el fallecimiento de uno de los integrantes de los Seis de Boston, tras recibir una llamada telefónica de la mujer de Bill. Ambos vivían en una casa que se habían hecho en Las Vegas. La causa de la muerte, en junio de 2008, fue una embolia pulmonar. "Era un buen chico, uno de mis jugadores favoritos de todos los tiempos", recuerda Zuffelato.

Esta terrible circunstancia -Bill apenas tenía 54 años cuando falleció- nos impide contarle que su Obra intenta hacerse un hueco en la élite y que Santiago vibra otra vez con el baloncesto, como hace casi 30 años cuando él llevaba la camiseta número 10 del Feiraco Obradoiro. Pero nuestro amigo Manuel nos envía una joya con la que no contábamos: una entrevista que se le hizo a Collins durante su estancia en la capital gallega.

En ella, nuestro protagonista reconoce que le resulta más sencillo jugar en el viejo pabellón de Sar que en A Malata, tanto por la presión de jugar en una categoría superior como por sus compañeros. "La afición de Santiago es más flexible. En Ferrol es muy distinto. Había más dificultades y no se valoraba tanto mi trabajo (...) Aquí juego con más alegría; si capturo ocho rebotes ofensivos, marco seguro diez puntos (...) Mis compañeros son mucho más jóvenes, es un ambiente más cómodo", explica Bill en la entrevista.

Pero de las palabras de Collins se extrae también otra conclusión: que estaba a gusto en la ciudad. Aunque vivía en las afueras (en la zona de Os Tilos), destacaba la tranquilidad de residir en una ciudad tranquila. "Si quieres salir de noche lo haces sin problemas", confiesa, para acabar sincerándose con el entrevistador: "La verdad es que quiero seguir aquí en Santiago la próxima temporada".

Lo cierto es que sus deseos se convirtieron en realidad. Y William Bill Collins renovó en dos ocasiones, ofreciendo a la afición compostelana un trabajo sin alardes, basado en la regularidad y el esfuerzo constante. El mismo que le permitió convertirse en uno de los integrantes del Boston Six. El mismo que lo sitúa en un lugar más que destacado en la historia del Obradoiro CAB.

TRAYECTORIA
-1973-76: Boston College (NCAA)
-1976-78: Cocodrilos de Caracas (Venezuela)
-1978-79: Malbas Malmoe (Suecia)
-1979-80: Rodrigo Chieti (Italia-A2)
-1980-81: Stade Français (Francia)
-1981-83: Sacramora Rimini (Italia-A2)
-1983-84: Lebole Mestre Venecia (Italia-A2)
-1984-85: Clesa Ferrol (ACB)
-1985-87: Feiraco Obradoiro (1ªB)

*Con la inestimable ayuda de Jaume Ventura, Julio Bernárdez, Eduardo Echarri, Manuel y Julio Torres. 

viernes, 2 de marzo de 2012

Hay un jugador que predijo el desastre que supondría para el Obradoiro la fatídica eliminatoria de ascenso contra Juver Murcia de la temporada 1989-90. "Míster, si jugamos el play-off contra estos, no ganamos", le comentó al entrenador, Manuel Fernández Rey Pirulo, en el último partido de liga regular contra los murcianos, reforzados de forma irregular con un segundo extranjero. Ese jugador con dotes de adivino era californiano, dio un excelente resultado y compartía universidad con otro ex-obradoirista del que ya hemos hablado aquí. Y es que ahora nos toca hacerle un pequeño homenaje a Victor Leroy Anger.

Anger aterrizó en Compostela en el verano de 1989 para reforzar un equipo que las había pasado canutas esa temporada para mantenerse en la Primera B, objetivo logrado en un dramático 5º partido del play-out en Huelva. El Obradoiro no quería experimentos y por eso optó por un ala-pívot experimentado en la cancha y con muy buenas referencias fuera de ella. La elección no pudo ser más acertada y las estadísticas lo acabarían por corroborar más adelante. Pero eso fue en 1989, cuando su carrera baloncestística ya estaba lo suficientemente madura. Echemos la vista atrás.

Anger, con el 52 (abajo-izquierda), con los Waves de 1982
(Foto: Universidad de Pepperdine)

Para iniciar su periplo vital hay que remontarse al 5 de junio de 1962 y a la ciudad californiana de Oxnard, una localidad de 200.000 habitantes situada a unos 70 kilómetros al norte de Los Ángeles. Aquí es donde viene al mundo Victor Anger y donde iniciará su formación académica. Lo hará en una High School llamada Chanell Island, en la que pronto destacará como un jugador con cualidades para el basket. Con 17 años ya formó parte del equipo ideal del Ventura County, pero la explosión llegará con 18 años, cuando es elegido jugador del año de este condado y forma parte del equipo ideal del sur de California.

Su brillante paso por el instituto le abrió las puertas de su universidad, la de Pepperdine, cuyo equipo (los Waves) toman el nombre de las olas que golpean las playas de Malibú. De esta universidad ya hemos hablado en este blog: es conocida por el obradoirismo porque de ella saldría años más tarde Levy Middlebrooks. Y en ella aterrizó el joven Víctor con sus 18 años, sus 2 metros pelados y su asombrosa capacidad atlética. Y con un pequeño hándicap para jugar de pívot que le acompañaría en su carrera: la altura. Algo similar a lo que le pasó a Middlebrooks.

Anger, en un partido contra NC State en 1983
La hoja de servicios de Victor Anger en Pepperdine es brillante. Decir lo contrario sería faltar a la verdad. En su primer año (1981) consigue ser nombrado Freshman of the year de la West Coast Conference (WCC). En el segundo será pieza clave en el gran campeonato que desarrolla Pepperdine, terminando el overall invicto (14-0) y logrando clasificarse para la fase final de la NCAA. En su último año como universitario forma parte del equipo ideal de la WCC y consigue el premio de ser incluido en el Draft.

La huella de Anger en los Waves también puede comprobarse en el libro de récords de esta universidad. Es uno de los jugadores que más partidos ha disputado (113) y más puntos ha anotado (1.076) en su historia. También figura como el 4º máximo taponador del centro educativo (138) y el 8º jugador con más minutos disputados, casi 3.500. Entre sus partidos legendarios, uno disputado en diciembre de 1982 contra Seattle Pacific en el que colocó 6 tapones, una cualidad que mantendría después en Europa.

Pero si Victor Anger tiene un hueco en la historia de la Universidad de Pepperdine no es únicamente por las cifras. También lo es por formar parte del equipo que jugó contra la URSS en la gira que el combinado soviético hizo por Estados Unidos en 1982. Anger y sus compañeros se enfrentaron a la selección de Sabonis, Valters, Homicius o Belostenny, en el que fue el primer partido de la gira. La victoria cayó del lado de los rusos (116-111) y Anger tuvo el honor de participar en el salto inicial con Belostenny.

Anger (52), en el salto inicial del partido contra la URSS
(Foto: Archivo de la Univ. de Pepperdine)
Llega el verano y Anger es el elegido en la séptima ronda por Portland Trail Blazers en aquel flojo draft del 84, el de Olajuwon, Jordan, Barkley o Perkins. Nuestro protagonista llega a jugar las ligas de verano con Portland, pero en agosto el manager de los Blazers, Stu Inman, le aconseja que busque ofertas ante la dificultad para encontrarle un hueco en el roster. Y Victor decide hacer las maletas.

Rumbo a Europa

El primer (y efímero) destino de Anger será Bélgica. En territorio belga se enrolará en las filas de BC Renault Gante, un equipo que en la temporada 1984-85 disputaba la Copa Korac. Este es un dato clave, porque la competición europea le dará una proyección decisiva en su futura trayectoria profesional. Y es que el Gante se emparejará con el Clesa Ferrol de Manolito Aller, Loureiro, Saldaña, el exobradoirista Nate Davis o el futuro obradoirista Bill Collins. Los ferrolanos caen en Bélgica con un soberbio Anger (36 puntos) y en la vuelta logra otros 22 puntos hasta que cae eliminado por faltas.

El partido de Ferrol fue el 23 de enero de 1985 y solo tres días después vuelve a España para firmar por el Español de Barcelona. La directiva del equipo catalán llevaba dos semanas tratando de convencer al máximo anotador de la liga belga para que aceptase sustituir a uno de sus americanos hasta final de temporada y al final lo consiguieron. "Es un jugador ágil, saltarín, buen defensor y luchador en el rebote. Y con buena muñeca para el tiro", destaca El Mundo Deportivo el día de su llegada al aeropuerto El Prat, una vez rubricado el acuerdo con la agencia de Miguel Ángel Paniagua. El objetivo del Español es salvar el descenso de categoría y la aportación de Anger resulta decisiva para lograrlo. Una media de 24,5 puntos, 10,2 rebotes y 1 tapón por partido confirman el acierto de la elección del Español. Y todo ello, pese a jugar en la zona y no ser un pívot excesivamente alto. Apenas 2,02 metros, según la ficha de ACB.

Su llegada a España (izq). Ojo al MP3 de la época
(Foto: Archivo El Mundo Deportivo)
La prensa catalana recuerda el "excelente rendimiento" de la temporada anterior cuando a comienzos de la 1985-86 ficha por el Granollers, que se queda con jugador "bueno y barato". El Cacaolat invierte 6 millones de pesetas en su contratación con vistas a una temporada larga (también jugaba competición europea) y el rendimiento que ofrece Victor Anger es muy bueno. Finaliza la temporada con una media de 17,5 puntos y casi 8 rebotes por partido. Pero Granollers no opta por su renovación. Y aunque ese verano de 1986 suena para retornar a Español, finalmente acaba fichando por otro equipo de la ACB, el Breogán. Será el primer contacto de Anger con Galicia, una experiencia que (al menos en lo deportivo) le dejará un recuerdo un tanto ingrato.



A Lugo llega un jugador parecido al que despuntó en la universidad. Así lo define Tito Díaz, que coincidió con él en la cancha aquella temporada. "Era un ala-pívot muy móvil, con unas condiciones físicas increíbles que le hacían muy rápido, explosivo en las salidas y con una capacidad de salto impresionante. Pegaba unos mates que yo aún recuerdo y que no tendrían nada que envidiar a, por ejemplo, los de Deron Washington. Era buen defensor. Por ser fuerte y rápido al mismo tiempo podía defender a pívots abiertos e incluso fajarse cerca del aro con pívots más grandes. Y salía muy rápido al contraataque", nos explica Tito, que cita entre sus defectos la irregularidad y la falta de seguridad en el tiro exterior. Ni una queja en lo personal: "Me dejó un gratísimo recuerdo, fue un gran profesional y mejor persona".

Pero la temporada no va bien y a principios de diciembre el Breogán decide cortar a Anger. Será de las pocas veces en que el jugador termine contrato antes de tiempo. El club lucense atribuye la decisión a su falta de capacidad reboteadora (en Lugo promediará 20,8 puntos-7,3 rebotes), aunque Tito nos aporta otras claves: "Fue un jugador muy poco aprovechado; aquella temporada formó pareja con Art Housey, un pívot que venía del Joventut, más caro pero con más fama (había hecho un anuncio del Cola-Cao) que buen juego. Eso también perjudicó a Víctor en su momento, pues a la hora de cortar al americano, siempre se suele cortar al más barato". Anger será sustituido por Rudy Woods (un pívot mucho más corpulento) y el Breo terminará descendiendo. "El problema no estaba ni mucho menos en Victor", resume Tito.

El adiós a Lugo supone para el jugador californiano el inicio de una nueva y prolífica etapa en la Primera B, en la que el Obradoiro tendrá un sitio especial. Porque en un principio se especula con que Anger se irá al Liborno de Italia. Pero a los pocos días se incorpora a un equipo vasco, el Pacharán La Navarra, con el que consigue la permanencia tras un inicio de temporada muy dubitativo que obliga al equipo donostiarra a olvidar el sueño del ascenso y luchar por la salvación.

En Cajamadrid, Anger jugó con el 15
(Foto: cedida por Juan Pedro Mayoral)
La gran aportación en San Sebastián no pasa desapercibida para el Tradehi Oviedo, otro club de la Primera B, que en el verano de 1987 consigue firmar por un año a Anger. En el equipo de Ricardo Hevia vuelve a cuajar una gran temporada y logra el objetivo por el que fue fichado, la permanencia. Como anécdota, el ex de Pepperdine logra la canasta decisiva en un Tradehi-Feiraco Obradoiro de febrero del 88 ante los que más tarde serían sus compañeros. Los ovetenses quedan contentos con Anger y buscan su renovación, pero en su camino se cruzará uno de los gallitos de la Primera B, el Caja Madrid. La prensa sitúa en ocho millones de pesetas el salario de Anger en el equipo de Alcalá de Henares, dirigido por Tirso Lorente y con la clara aspiración de ascender a la ACB.

La temporada en Caja Madrid le dejará una sensación agridulce. Su rendimiento es excepcional en números pero no logra el éxito deportivo, ya que el ascenso a ACB se le escapa al equipo madrileño en el 5º y último partido del play-off contra el Caixa Ourense, en el que los gallegos logran la victoria en Alcalá tras dos prórrogas y solo por un punto (94-95). La actuación de Anger (25 puntos) fue insuficiente para evitar la derrota.

Su paso por el Cajamadrid en la temporada 88-89 nos lo resume un compañero suyo, Juan Pedro Mayoral. "Fue un jugador super completo; era un 5 pero tenía un tiro muy seguro de corta y media distancia", nos comenta cuando nos ponemos en contacto con él. Y es que en una temporada de grandes retos, Anger "supo cargar con el peso del equipo cuando hizo falta y jamás se arrugó en los momentos tensos y decisivos".

Con el Cajamadrid (1988-89)
(Foto: Bal. Hª de los Mejores)
Las referencias que nos aporta Juan Pedro Mayoral en el terreno personal también evidencian que dejó un buen sabor de boca allí por donde pasaba. ¿Cómo era Víctor Anger? "En general callado y reservado, pero muy buena persona; nunca se enfadaba ni dentro ni fuera del campo, no le importaba que le hiciesen bromas e incluso le gustaba participar en ellas. Era un gran compañero y valorado muy bien por todo el mundo", recuerda.

Y llega el Obradoiro


Cajamadrid queda contento con el rendimiento de Victor y le ofrece la renovación. Pero el equipo madrileño termina descartando su continuidad por las elevadas pretensiones, o eso al menos fue lo que adujo. Y ahí es donde aparece el Obradoiro. El equipo compostelano tiene tiempo para preparar en verano un equipo competitivo (en el verano anterior había conseguido la plaza por renuncia de otro equipo) y se fija en ese chico de 27 años y dilatada experiencia en el baloncesto español. Justo lo que le había faltado a su colega de universidad Levy Middlebrooks. El resultado será inmejorable.

En un equipo en el que solo faltaba algo más de altura en la zona (este factor sería decisivo en el devenir de la temporada), Anger comparte vestuario con Paco Dosaula, los hermanos Solsona, Pepe Collins, Criado, Morella, Baeza o Popocho Modrego. Este último, capitán de aquel equipo dirigido por Pirulo, rescata palabras de elogio para el jugador californiano. "Personalmente solo puedo hablar bien de él: amable, muy buen compañero, tímido... y hablaba muy bien castellano", nos detalla a modo de anécdota. "Hacía una vida muy hogareña y tranquila, pero siempre estaba dispuesto a echar una mano", completa.

Su estreno con la camiseta blanca sirve de anticipo para lo que los aficionados podrán ver (y disfrutar) a lo largo de la temporada. En la jornada inaugural en Mallorca ya consigue 29 puntos y 13 rebotes en la derrota frente al Syrius. Y esa será la tónica durante todo el curso: un pivot con una gran facilidad para anotar y también para rebotear, pese a su situación de inferioridad frente a otros pivots. Las cifras son excepcionales: Anger promedia doble-doble durante la liga regular (con una media de 23 puntos y 11,5 rebotes) y tampoco se esconde durante los seis partidos del play-off, en los que alcanza una media de 20,8-12,5. Y deja para el recuerdo de los obradoiristas actuaciones memorables, como la de Badajoz (38 puntos y 15 rebotes, y victoria con una última canasta suya), la de Las Rozas (29-19), Hospitalet (32-15 a domicilio y 27-20 en Santiago) o Lliria (29-15). Su último partido con la camiseta obradoirista lo termina con nota: 38 puntos y 10 rebotes en la dolorosa derrota de Murcia, la que cerraba el play-off e iniciaba el camino a las tinieblas judiciales.

Ni la aportación de Victor Anger ni el gran rendimiento del resto de jugadores fueron suficientes para lograr el ascenso. ¿Qué falló? Quizás otro hombre grande en la pintura capaz de acompañar al de California. "Víctor era, como se solía decir, un gran jugador y mejor persona. Y en este caso es muy cierto. Pero por desgracia su tamaño no le permitía mayores empresas; era un dos metros justos y en Primera ya se pedía estar por encima de ese tamaño", relata Popocho Modrego.

Anger (15) en el Obradoiro, temporada 1989-90.
(Foto: Cedida por Tonecho Lorenzo)
Uno de sus hándicaps era "que no dominaba la línea de tres", algo que ya empezaba a ser fundamental para los 4's en aquel momento. Pero Modrego lo recuerda como un jugador "muy rápido para su tamaño, con una calidad indiscutible a cuatro o cinco metros del aro". "Estoy seguro de que si hubieran creído en él hubiera dado grandes sorpresas", reflexiona el capitán del Obradoiro en la temporada 1989-90.
Tras decir adiós a Santiago, Victor Anger todavía permanecerá dos años más en España. La temporada siguiente (1990-91) jugará en Badajoz, el mismo sitio donde había realizado uno de sus mejores partidos como obradoirista. Y la última antes de retornar a Estados Unidos (91-92) la comienza en un Hospitalet inmerso en una grave crisis económica, lo que le permite a mitad de temporada la oportunidad de volver a la ACB para despedirse. Será en Granollers, donde jugará 14 partidos y promediará más de 10 puntos por encuentro. Un broche de oro para un intensa carrera: nueve equipos desde 1985 a 1992.

"Santiago se lo merece"

Victor regresó a Estados Unidos hace casi 20 años. Y es probable (o no) que desconozca que el Obradoiro ha vuelto a la élite, primero porque la Justicia hizo honor a su nombre y dos años después tras ganarlo en la cancha. Así que tocaba intentar trasladarle la noticia, con la dificultad de no tener ni rastro de su paradero. Pero las nuevas tecnologías siempre echan una mano. Y damos con él. Le pido que nos cuente qué recuerdos tiene de su experiencia en España, de Santiago... y del Obra. "No estoy seguro de donde empezar", nos contesta en castellano.

"En primer lugar déjame decirte que me encanta España", comienza tras pasarse al inglés. Hace memoria y aparecen la catedral, el marisco, el bacalao y el trato humano que recibió en Compostela. "La comida en Santiago fue la mejor de España y espero que lo siga siendo. Era una hermosa ciudad con una magnífica catedral. Mi esposa se adaptó bien en Santiago y asistió a una escuela allí para aprender español", recuerda.

Sobre aquella temporada, el propio Victor avala la tesis de que al Obra le faltó otro hombre grande en la zona para dar el salto a la ACB. Y es que "teníamos un buen equipo ese año", pero se echó en falta "otro cuerpo grande para manejar a la gente como Mike Phillips; pensé que teníamos la oportunidad de llevar al equipo a Primera División, pero no funcionó", se lamenta. Y tiene frescas las vivencias con gente como Paco Dosaula, Criado o Pepe Collins, con quien coincidió en varios equipos. También del vasco Mikel Cuadra, gran amigo suyo y a quien visitó hace unos años.


Anger (derecha) es un alto directivo de la segunda
mayor aseguradora de Estados Unidos
(Foto: Divine Photo Art)
El Obradoiro tardó 19 años en disfrutar de aquella plaza que otro equipo le arrebató con trampas. Nadie sabe si Victor Anger hubiese podido jugar la temporada 1990-91 con el Obra en ACB. Aunque de sus palabras se deduce que en Santiago estuvo a gusto. Le cuento que este domingo viene el Real Madrid. "Me alegro de que el equipo esté en Primera División ahora, porque el pueblo de Santiago se lo merece. Ellos eran grandes aficionados y me trataron genial a mí y a mi esposa".

Sólo una más. ¿Qué es ahora Victor Anger? Me cuenta que tras acabar la carrera universitaria en Pepperdine comenzó a trabajar en 1994 en State Farm, la segunda compañía financiera y de seguros más importante de Estados Unidos. En la actualidad es su vicepresidente, controla para su empresa las áreas de Washington, Maryland y Virginia y vive cerca de la capital. "He sido bendecido con dos grandes carreras", reconoce. Ahora está centrado en la segunda. Pero en Santiago dejó huella de la primera, la de un gran pívot de dos metros raspados y del que unos y otros recuerdan su profesionalidad. Todo un seguro de vida del que Obradoiro también pudo disfrutar.

*Con la inestimable ayuda de Tito Díaz, Juan Pedro Mayoral, Popocho Modrego y del protagonista de esta historia, Victor Leroy Anger.

martes, 3 de enero de 2012

(Artículo escrito en enero de 2012)

Viaja el Obradoiro a Valencia con la intención de conseguir algo positivo en una de las canchas más complicadas de la ACB. Dos equipos que juegan en dos ligas "distintas" por presupuesto y por tradición en la élite del baloncesto español. Uno, recién llegado.Otro, con 21 participaciones en la ACB en los últimos 22 años. Pero los roles no siempre han sido los mismos y hubo un tiempo en el que el Obradoiro dominaba al (entonces) Pamesa. Los santiagueses bordaban el baloncesto. Y el club valenciano todavía daba sus primeros pasos en el basket profesional.

Toca remontarse a la temporada 1986-87. El Feiraco Obradoiro se sentía más que cómodo en la Primera B y arrancaba el curso con un equipo ilusionante. La base la conformaban dos americanos muy solventes (Bill Collins y Bobby Wallace) y gente de la casa como Mario Iglesias, Ricardo Aldrey, Joserra Lete, Miguel Juane, Julio Jiménez... Y tres refuerzos: Julio Torres, Paco Dosaula y Julio Jiménez. Un equipo que daría espectáculo y que sería capaz de endosarle 117 puntos al Tradehi en un partido de liga regular o de forzar un partido de desempate en la final de la Copa Galicia contra el todopoderoso Breogán de Manel Sánchez.

Plantilla del Pamesa Valencia en la temporada 86-87
Fue en esa temporada cuando, por primera vez en su historia, Obradoiro y Valencia Basket se vieron las caras. El club levantino acababa de ascender a la Primera B y justo ese año dejaba de ser la sección de baloncesto del Valencia CF para convertirse en un equipo con vida propia e independiente del fútbol. Entrenados por Toni Ferrer, sus puntales también eran dos extranjeros: Ron Crevier (a la derecha), una viga canadiense de 2,10 especialista en tapones que llegaba a la capital del Turia tras probar sin éxito en Chicago Bulls y Detroit Pistons; y Howard Wood, que sería el máximo anotador del equipo. A modo de curiosidad, completaban aquella plantilla Bruno Squarcia (un jugador hispano-italiano que acabaría siendo actor y que salía en series como Al Salir de Clase o Manolo y Benito Corporeision) o Paco Guillem, actual director deportivo del UCAM Murcia.


El primer partido se juega el 18 de octubre de 1986 en Valencia y la victoria cae del lado obradoirista. Los santiagueses vencen 86-98 en un partido muy completo en el que ya ganaban al descanso (49-50), y que les permite situarse en la parte alta de la tabla. El gran partido de Wood fue contrarrestado por la plantilla compostelana. Esta es la ficha técnica de aquel partido:

-PAMESA VALENCIA 86 (49): Crevier (8), Izquierdo (10), Belloch (2), Wood (25), Farré (18), Squarcia (3), Guillem (6), Pallardo (4), Lluch (11). 28 rebotes y 23 FP.
-FEIRACO OBRADOIRO 98 (50): Wallace (23), Aldrey (18), Collins (12), Montero (11), Juane (8), Jiménez (7), Iglesias (14), Dosaula (6). 19 rebotes y 25 FP.
-Árbitros: Redondo y Mejías.

Feiraco Obradoiro, temporada 86-87
El partido de vuelta se jugará el 3 de enero de 1987 en el viejo pabellón de Sar, en Santiago, y la victoria volverá a caer del lado obradoirista. Pese a la ausencia de Aldrey en las filas compostelanas, el equipo no nota su ausencia (en su lugar jugará Lete) y pasa por encima del Pamesa, que se volverá a la capital levantina con 111 puntos en contra.

-FEIRACO OBRADOIRO 111 (56): Wallace (28), Collins (25), Dosaula (22), Juane (21), Lete (10)  Jiménez (5), Torres y Montero.
-PAMESA VALENCIA 100 (48): Lluch (21), Crevier (31), Wood (23), Izquierdo (19), Guillem (2), Farré (5), Squarcia (2). [En el reparto de anotadores hay algún fallo]
-Árbitros: De la Maza y Bultó.

Coinciden las fechas. El Obradoiro vuelve a jugar ahora con el Valencia un 4 de enero, casi el mismo día en que hace 24 años le ganaba por segunda vez. Habría una tercera (y última) en la temporada siguiente, la 1987-88. El Obra volvería a vencer un 30 de septiembre en Valencia (90-93) gracias a un gran partido de Mario Iglesias y de Bill Collins. Pero los levantinos se tomarían la revancha en el partido de vuelta en Santiago (81-87), en la que fue la primera ocasión en que Pamesa se llevaba la victoria.

Esa temporada marcó un punto de inflexión en la historia del Valencia Basket, que lograría el ascenso a ACB y la consolidación como un club de referencia en España. Por su parte, el Obra todavía tendría que afrontar varios años en la categoría de plata hasta el fatídico play-off de la temporada 1989-90. Caminos opuestos, totalmente divergentes, que ahora se vuelven a cruzar.