lunes, 25 de noviembre de 2013

(Este artículo forma parte del número 1 de la revista SCQ Basket, que no os debéis perder!)

Con 441 partidos de la NBA (Bulls, 76ers, Jazz, Wizards y Bucks), 66 de la ACB y unos cuantos de la LEB a sus espaldas, Michel Ruffin se tiró al parqué del Pazo Paco Paz la tarde-noche del 2 de marzo de 2011 como si le fuese la vida en ello. La suya y la de su familia. Y su esfuerzo no fue en vano: recuperó el último balón, Obradoiro ganó aquel partido frente al COB y, pese a que hubo que esperar a la última ronda del play-off, finalmente consiguió el ansiado retorno a la ACB.

Ruffin, sobre el suelo del Paco Paz: el Obra va a ganar al COB
(Foto: http://obradoirobasketfoto-fru.blogspot.com.es)
Michael Ruffin se marchó de Santiago pocos meses después de la misma forma en que llegó aquel otoño de 2010: de puntillas, muy silenciosamente, sin estridencias. Aterrizó en Compostela como sustituto de Maceo Baston ya empezada la temporada y se marchó dejando al equipo en ACB y aportando su granito de arena en el éxito colectivo en forma de 2,7 puntos y 5 rebotes por partido durante los 40 encuentros en los que defendió la camiseta obradoirista. Fueron las últimas estadísticas de su carrera. No volvió a jugar al basket profesional o, mirando el vaso medio lleno, cerró una brillante trayectoria profesional con la satisfacción del deber cumplido.

A Ruffin lo encontramos ahora en Phoenix, a más de 800 millas de su Denver natal. Como tantos otros jugadores, sigue ligado al baloncesto. En la capital del estado de Arizona se mantiene ocupado entrenando a un equipo de chavales, aunque también ocupa su tiempo con su iglesia y con su amplísima familia. Porque de Ruffin también se recuerda su amplísima prole. “Acabamos de tener nuestro séptimo hijo, que nació el día de mi cumpleaños, el 21 de enero de 2013. Su nombre es Neriah”, nos cuenta.

Uno de los hijos de Ruffin, 'practicando' en Sar
(Foto: http://obradoirobasketfoto-fru.blogspot.com.es)
Precisamente, el número de integrantes de la familia Ruffin convirtió en poco menos que una odisea encontrar un piso en Santiago en el que cupiesen todos sus miembros. Un reto para el club, y más teniendo en cuenta que el norteamericano llegó a Compostela con la temporada ya iniciada, lo que reducía el margen de maniobra. Pese a las dificultades, la búsqueda dio sus frutos y el pívot y los suyos se establecieron en un apartamento situado encima de un conocido restaurante a las afueras de la ciudad.

Solventado ese pequeño problema logístico, el otro reto al que se enfrentó en Santiago fue el de recuperarse físicamente tras sufrir una importante cirugía meses antes. Una misión cumplida al 100% gracias al trabajo y la paciencia de los integrantes del cuerpo técnico del Obra, que se volcaron en la recuperación para la causa de un jugador que estaba cerca de cumplir los 34 años cuando llegó a Compostela. Ese es precisamente uno de los mejores recuerdos que guarda de su estancia en tierras gallegas: “Llegué recuperándome de una operación de rodilla y acabé celebrando un campeonato; Moncho fue un apoyo y nos llevó a ser el mejor equipo que podíamos ser”, rememora desde la ciudad de los famosos Suns.

Agarrado a Yao Ming en la época de los Bucks
(Foto: NBA.com)
Decir que Big Hustle fue decisivo para lograr el ascenso a la ACB sería, probablemente, faltar a la verdad y caer en el elogio fácil a un jugador que ya no está en activo. Y tampoco sería justo dadas las circunstancias, teniendo en cuenta que su presencia en Santiago vino a ser el epílogo a su carrera deportiva, recién recuperado de una lesión grave y lejos del rendimiento deportivo que lo convirtió en un tío capaz de tener casi 20 minutos por partido en los Bulls. Pero tampoco se debe minusvalorar el papel de Ruffin en aquel Obradoiro, cumpliendo en todo momento el rol que Moncho le asignó y aportando como plus la seriedad y la sobriedad marca de la casa. En Santiago también fue Big Hustle, o Ministro de Defensa, otro de los apodos que recibió durante la temporada

Acompañado de Oriol, Hopkins y Kendall, Ruffin asumió ese papel de dar minutos de refresco aportando intensidad defensiva y seguridad en el rebote, una de sus grandes cualidades junto al tapón. Para la memoria no sólo queda aquella recuperación en el Paco Paz. También esa otra imagen en la que, literalmente, levantó por el aire a un rival del Clínicas Rincón que tenía agarrado el balón. Ruffin levantó balón y rival al unísono.

En Burgos, junto a uno de sus hijos tras lograr el ascenso
(Foto: http://obradoirobasketfoto-fru.blogspot.com.es)
Pero, más allá del juego, el pívot de Denver también aportó veteranía y templanza en un vestuario totalmente renovado respecto a la temporada anterior, y que precisamente estaba muy necesitado de líderes y referentes tras la traumática experiencia de la ACB. El año anterior habían pasado casi 20 jugadores por el club, y el Obradoiro –entre otros problemas- careció de una voz autorizada que guiase la nave cuando llegaba la tormenta. Algo por otra parte lógico en un vestuario creado de la nada, algo poco menos que insólito en el deporte profesional.

Esta es quizás la faceta más desconocida de Michael Ruffin, la de un hombre rocoso que vivía el basket en silencio pero muy intensamente. Una persona que lo tuvo cerca en esa temporada rescata una anécdota que permite dibujar cómo era Ruffin como compañero e integrante del equipo.

Hombre de pocas palabras, resulta que el de Denver no hablaba prácticamente nada. Y todavía menos tras una dolorosa derrota en Huesca nada más empezar la segunda vuelta. Fue una semana de entrenamientos durísimos que terminaría con la final de la Copa Príncipe. Los jugadores estuvieron implicados al máximo y, en la final, el Obra acabó ganando la copa en un partido muy duro que Murcia dominaba al descanso. Y fue entonces, una vez terminadas las celebraciones, cuando Ruffin sí abrió la boca.

Machacando en Sar, en un partido contra Breogán
(Foto: http://obradoirobasketfoto-fru.blogspot.com.es)
Dirigiéndose a sus compañeros, Michael vino a decir que todos ellos habían entrenado muy duro durante toda la semana, que se habían dejado la piel y que gracias a ese trabajo el Obradoiro había ganado la Copa. A continuación, instó a todos a mantener ese nivel de entrenamientos hasta el final de temporada para poder conseguir el objetivo, un objetivo que finalmente se logró. Por la emoción del momento o por lo inusual de ver a Ruffin hablando en público, lo cierto es que todos le escucharon como si fuese el mismísimo Obama.

BUEN EPÍLOGO

Con el paso del tiempo, es muy probable que nuestro protagonista guardará un buen recuerdo de Santiago y del Obradoiro. Lo primero, porque fue y será –salvo sorpresa mayúscula- su último equipo como jugador profesional. Y a mayores, porque él mismo reconoce que se sintió muy a gusto en la ciudad. No duda en darle las gracias “a los fans y a la gente de Santiago, porque ellos no sólo apoyaron a nuestro equipo sino también a mi familia”. “Mi hija ha estado pidiéndome que volvamos a visitar Santiago para ver a los amigos que ella hizo; nos encantó nuestra estancia allí”, confiesa.

Celebrando la victoria en Ourense con Nguema y Bulfoni
(Foto: http://obradoirobasketfoto-fru.blogspot.com.es)
Aunque echando la vista atrás, Ruffin ya estaba presente desde 2009 en un partido histórico para el Obra. Fue en aquel Manresa-Obra de la temporada 2009-10, en el que el equipo santiagués consiguió su primera victoria a domicilio en ACB en toda su historia.

¿Y el futuro? Con tantos integrantes en la familia Ruffin, es inevitable preguntarse si alguno de sus vástagos seguirá sus pasos, los mismos que le llevaron a militar en 5 equipos de la NBA, dos de la ACB (Lleida y Manresa) y a colgar las botas tras pasar por el Obra. Ante esa pregunta, la respuesta vuelve a ser la cautela. Reconoce que le encantaría que el apellido Ruffin siguiese sobre las pistas. Y un buen candidato para conseguirlo podría ser su hijo Javon, que con solo 10 años ya está enganchado al deporte de la canasta. Pero nada de prisas ni de agobios: “Solo el tiempo lo dirá”.

Con Levon Kendall en el vestuario de Burgos. Acababa de
jugar sus últimos minutos como profesional
(Foto: http://obradoirobasketfoto-fru.blogspot.com.es)
Hace más de dos años que Michael David Ruffin, 2ª ronda del Draft del 99 por los Bulls, jugó su último partido como jugador profesional. Fue el día que el Obradoiro retornó a la élite en el pabellón El Plantío de Burgos, el mismo día en que el Ministro de Defensa daba por concluida su carrera deportiva. Y se marchó a Phoenix dejando el listón de la profesionalidad bien alto. Lo hizo sin hacer ruido, exactamente igual que cuando llegó.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Noviembre de 2013 será recordado como el mes en el que Nate Davis regresó a Galicia. Y más en concreto, a ese Ferrol en el que vistiendo la camiseta del OAR se consagró como una de las eternas leyendas del basket español, capaz de enseñarle a los aficionados cosas que nunca se habían visto. Un adelantado del tiempo de magia que acuñó la ACB... pero en los años 80. Nate ha vuelto a Galicia y en la memoria aparecen tres equipos, que cada quien ordena según sus vínculos: Askatuak, Valladolid y Ferrol.

Pero Nate Davis, al que Mario Pesquera definió como El Extraterrestre, también jugó en Obradoiro.

Poco se puede decir que no se haya dicho de este jugador único en la época en que llegó a España. Vuelvo a enlazar aquí la historia que escribió ACB.com hace años. También está colgado en la red un vídeo e incluso en este blog hablamos un poco del breve paso de Nate Davis por Compostela. Pero ahora quizás merezca la pena ahondar un poco más en la trayectoria de Nate durante las semanas que estuvo en Santiago durante aquella temporada 82-83, la única del Obradoiro en la élite hasta el retorno de 2009.

Nate, con el 12, en el Cotonoficio-Obradoiro
(Foto publicada en Gigantes que nos pasa Luis Ulloa)
Apenas dos meses duró la estancia de Nate en Santiago. Tiempo suficiente para dejar un recuerdo imborrable para todos aquellos que tuvieron el privilegio de ver en directo su salto infinito y su repertorio de tiro desde cualquier distancia (pese a que no existía todavía línea de 3) en el viejo pabellón de Sar. Fueron 12 partidos y un mate. El mate

Por contextualizar, Nate llegó a Obradoiro tras probar sin éxito en la NBA y para sustituir al lesionado Chuck Verderber, que se había roto el tendón en la quinta jornada frente a Fichet Joventut. Búsqueda de un recambio de urgencia. Cuentan los veteranos, entre ellos nuestro amigo Tonecho, que se pasó la bandeja en una improvisada asamblea de socios en la cafetería de Sar en búsqueda de liquidez para fichar. Así llegó El Extraterrestre a la ciudad del Apóstol.

El debut se produjo el 14 de noviembre en la pista de Manresa. Cuenta la crónica de El Mundo Deportivo que en tierras catalanas se vio a un Davis "fuera de forma", algo ciertamente comprensible cuando llevaba semanas sin jugar a la espera de una oportunidad. Los 20 puntos de Nate no sirvieron para ganar, como tampoco sirvieron los 22 que le endosó en los dos partidos siguientes al CAI en su debut en Compostela y al Estudiantes en Madrid. Esa fue la tónica general durante aquella temporada, en la que las derrotas (24) fueron unas cuantas más que las victorias (2).

El tiro en suspensión de Nate en el viejo Sar
(Foto cedida por Tonecho Lorenzo)
Una vez que Davis recupera su forma física se empieza a ver la mejor versión del jugador. Tras meter 20 puntos al que será su futuro equipo (OAR) y 25 al Barça en el Palau, llegan los mejores partidos de Nate Davis en su breve estancia en Santiago. El primero, el 18 de diciembre contra el Areslux Granollers de Chichi Creus, en el que el Obra roza al fin la victoria y Davis da su primer recital en Santiago: 40 puntos y un tapón que puso en pie al público. Un tapón de un tío que medía 1,94.

La siguiente exhibición -encadenará cuatro consecutivas- será en Badalona contra el Cotonoficio de Aíto. En vísperas de la Navidad, los 39 puntos de Davis tampoco sirvieron para llevar la victoria a Santiago. A ese partido ya no acudió el entrenador Todor Lazic, que ya había viajado a Yugoslavia por una repentina enfermedad pulmonar. Lazic nunca regresó a la capital gallega. Un problema más en una temporada llena de dificultades deportivas y extradeportivas.

En los primeros días de 1983 llegó la segunda y última victoria del Obradoiro aquella funesta e histórica temporada. Fue quizás la demostración de que, en otras circunstancias y con un poco más de suerte, el equipo hubiese podido luchar por la salvación. Los 32 puntos de Davis, unidos a la aportación de Modrego, Lomas, Carlos Pérez, Alberto Abalde, Pagés, Arturo Corts, Orbea, Aldrey, Abel Amón, Pepe Rivera y compañía, permitieron tumbar en Sar precisamente al exequipo de Nate, el Miñón Valladolid (103-102).

EL DÍA DEL REAL MADRID

Y llegó el Real Madrid. El día de Reyes de 1983. Sobre ese partido hizo El Correo Gallego una reseña durante la previa del legendario 78-68 en el que el Obra se merendó en la prórroga al Madrid de Ettore Messina. Ese día no hubo color (70-125) y la escuadra de Romay, Fernando Martín, Iturriaga, Delibasic o Brabender disfrutó de un auténtico paseo militar por Galicia. Pero de Nate Davis no resaltaré sus 26 puntos aquel día, sino EL MATE.

Ricardo Canosa estaba en Sar aquel día y no olvida lo que pasó. "Cerca del final del partido, iríamos perdiendo de 20 o más, la verdadera afición (los que no iban a ver al Madrid) hechos polvo viendo pasar los minutos, camino de lo ya esperado. Y de repente aparece ese Nate como diciendo "bueno joder, estos cabrones nos pasaran por encima, pero de nosotros no se ríe nadie". Coge el balón a ocho metros de canasta, se echa a correr, tira el balón contra la tabla, pega un chimpo de la ostia y hace un mate estratosférico. Todos sabíamos que era ilegal y Nate también, por supuesto, pero saltamos todos de nuestros asientos de haber visto aquello y salimos de allí con una sonrisa en la boca a pesar de la que nos había caído. Ellos pudieron ganar de 30 pero no pudieron parar la mejor jugada del partido", relata.

En aquel momento la situación extradeportiva de Nate estaba muy deteriorada. Los problemas de cobro se habían acentuado y antes de que terminase ese mes de enero ya había hecho las maletas para volver a Estados Unidos. Pero antes de irse todavía tuvo tiempo de dejar su huella para la historia. Fue el 15 de enero de 1983 en el viejo Sar ante el Basconia. Ese día, con 41 puntos, Nathan Davis consiguió la mayor anotación de un jugador del Obradoiro en la élite del basket español. Nunca ha sido superada y es probable que ese récord siempre quede ahí.

Así era Nate: volando y con la cabeza casi en el aro
(Foto cedida por Tonecho Lorenzo)
El último de sus 12 partidos con el Obra se produjo en Madrid el 23 de enero. Nate sólo jugó la primera mitad porque, según la crónica del día siguiente, pidió no salir a jugar por no estar centrado. Su mujer tenía problemas de salud, él alegaba que no podía enviarle dinero a Estados Unidos y finalmente cogió un avión de vuelta. Se marchaba así un jugador que le enseñó al público compostelano cosas nunca vistas antes. "Seguía asombrándonos tirando muchas veces de 8-9 metros, cuando no existía la linea de triple. Su referencia debía de ser la línea del medio campo, cuando la pasaba debía de pensar: "hala, ya puedo buscar un hueco para tirar". Al principio piensas ¿pero qué hace este tipo tirando desde ahí? ¿Está loco?, Pero luego ya te acostumbras y lo ves como normal", recuerda Ricardo.

La contribución numérica de Nate Davis al Obradoiro se resume en una media de 26,7 puntos por partido. Más allá de eso, también dejó en la memoria de muchos obradoiristas algunos recuerdos que 30 años después no se han borrado.

domingo, 3 de noviembre de 2013

A principios del mes de septiembre, la periodista de El Correo Gallego Cristina Guillén publicó bajo el título "Mario: el primer gran ídolo" una emotiva entrevista a Mario Iglesias Botia. Esa doble página, cuyo inicio se puede ver en la red, resume el lado más personal de un jugador que sigue ocupando un lugar privilegiado en la historia del club. Una figura sin la cual resulta muy difícil entender lo que fue el Obradoiro de finales de los 70 y de la década de los 80. Recogiendo el guante que lanza Cristina, me atrevo a abordar la trayectoria deportiva de todo un icono del obradoirismo.

Si Mario Iglesias tiene un sitio de honor en este blog es por varias razones, pero elegiré dos. La primera, porque es -probablemente y en dura competencia con Tonecho Lorenzo- el jugador que más partidos oficiales ha disputado con la camiseta del Obradoiro en competiciones profesionales. Y es que Mario logró algo histórico y que seguramente nunca será igualado fuera del ámbito amateur: participar en nueve temporadas distintas en el Obradoiro CAB. Casi nada.

Mario, con el 7 en un partido en Sar contra el Covadonga Gijón (1979)
(Foto: 'Bodas de Platino', de Luis Alberto Rey Lama)
La segunda razón es menos empírica y más de corazón, aunque también es demostrable. El eterno 11 del Obradoiro -aunque en sus inicios lució el 7- participó activamente en algunos de los partidos más importantes de la historia del club. Y en ellos dejó una huella imborrable para todas aquellas personas que tuvieron la suerte de verlo en directo. Con su 1,92 de altura y dos muelles en vez de piernas, fue sin duda un jugador con unas características poco usuales para la época. Algo que también le provocó numerosas dolencias físicas en las rodillas en forma de molestias y lesiones. Un problema que hoy tendría fácil tratamiento a base de prevención, pero que hace 30 años no era tan sencillo solucionar.

A Mario (A Coruña, 1960) lo encontramos ya en el Obradoiro en la temporada 1977-78. Tras pasar por las filas del Cotonificio de Badalona, llegó a Santiago cuando el Obra competía en la división de plata. Y pronto se ganó el cariño de la afición compostelana. En el viejo Sar, el obradoirismo fue testigo de la evolución de un jugador que era poco más que un chaval cuando se puso por primera vez la camiseta del Obra, y que mantenía su cara de niño cuando se marchó diez años después. Mario era todo intensidad y fuerza. Y talento, por supuesto.

Mario, con el 11, mira al árbitro
(Foto cedida por Tonecho Lorenzo)
Haciendo un repaso a la trayectoria de Mario Iglesias en el Obra se puede llegar a la conclusión de que los momentos dulces superaron a los amargos a lo largo de esas nueve temporadas. Él mismo ha reconocido que con sus problemas físicos difícilmente hubiese aguantado el ritmo de la máxima categoría. Quizás lo más justo hubiese sido que al menos Mario hubiese probado la ACB con la camiseta de su equipo de toda la vida. No obstante, puede presumir de haber vivido grandes temporadas con el Obra: un ascenso a la actual ACB (1982), un campeonato de España de Segunda División (1985) y varios años fantásticos en la Primera B con un Obra a un grandísimo nivel. Pero toca elegir.

Dos partidos. Dos partidazos de los muchos que convirtieron a Mario en ídolo obradoirista.

Primavera de 1981. El Obra se jugaba la permanencia en Primera B en un dramático último encuentro de liga frente al Porcelanas Santa Clara de Vigo. La mejor entrada de la temporada en el pabellón de Sar. Día del club incluido y 117.000 pesetas de recaudación en taquilla. Era el Obradoiro de José Antonio Gil, Boni Rodríguez, Eduardo Echarri, Julio Bernárdez, Manolo Vidal... Ese día Mario Iglesias fue el máximo anotador del partido. 26 puntos y una aportación decisiva para conseguir una victoria sufrida (90-87) y muy celebrada por el obradoirismo.

El clásico tiro en suspensión de Mario Iglesias
(Foto cedida por Tonecho Lorenzo)
25 de abril de 1982. Mataró. EL PARTIDO con mayúsculas de la historia del Obradoiro CAB. El mayor éxito deportivo conseguido por el club hasta el ascenso obtenido en el pabellón El Plantío de Burgos. Con el añadido de que el Mataró-Obra tuvo el componente épico de la remontada feliz para nuestro club. Aquella mañana a la actuación portentosa de José Antonio Gil (28 puntos) se le unió la de Mario, con 25. Siempre Mario. Siempre apareciendo en una cita clave, decisiva. El coruñés nunca se escondía y menos en los momentos determinantes, los que encumbran a los grandes jugadores y en los que más brillan los protagonistas.

Como ya hemos contado aquí, el famoso ascenso de Mataró revolucionó la capital gallega y desplazó a cientos de personas al aeropuerto de Lavacolla. Esa noche, Mario y otros jugadores fueron vitoreados y llevados a hombros como toreros dentro y fuera de la terminal santiaguesa. Momentos nunca vividos en Santiago y de difícil olvido para quien los ha protagonizado. Era el broche de oro a una temporada descomunal en la que llegó a protagonizar auténticas exhibiciones, como los 41 puntos que le endosó al Patronato de Bilbao.

Mario y Julio Bernárdez, recibidos como héroes en Lavacolla (1982)
(Foto: 'Bodas de Platino', de Luis Alberto Rey Lama)
Para comprender lo que significó nuestro protagonista en el Obra rescato una anécdota que me contó Javier Suárez hace tiempo, y que sucedió en la temporada de regreso a la ACB. Él y unos amigos se fueron a Málaga a ver el partido que jugaba en la costa del sol el Obra contra el Unicaja. Y a las afueras del pabellón sucedió lo siguiente. "Se nos acercó un señor de 50 y muchos años y nos preguntó si éramos del Obradoiro. Le dijimos que sí y nos estuvo contando que se acordaba de ver al Obradoiro jugar en Málaga en el Ciudad Jardín, y concretamente nos habló de Aldrey y de Mario Iglesias. De este último dijo que había sido uno de los jugadores que más le habían impresionado en sus más de 30 años de abonado del Unicaja", cuenta Javier. "Vamos, que era buenísimo física y técnicamente... que lo tenía todo para llegar muy arriba", añade. Habían pasado unos 25 años de aquello.

Pero la mejor forma de analizar las cualidades que tenía Mario para el basket es recordándolas. Y es en este punto en el que recurro a Mirón, autor de un blog imprescindible sobre los partidos del club. Gracias a él desempolvamos un fragmento de la entrevista que le realizó la TVG en el programa Reporteiros. Aquí no sólo podéis escuchar de boca de Mario su situación personal, difícil, en 2009. También aparecen algunas de sus clásicas jugadas, como el tiro en suspensión tras bote o su famoso reverso. Pertenecen a un partido entre el Obradoiro y el Tenerife jugado en el viejo Sar allá por 1986. Imágenes históricas que pertenecen a los inicios de las emisiones deportivas de la Televisión de Galicia.


Triste epílogo
Lo que sueña todo jugador es terminar su carrera deportiva en un club con un partido especial, bien porque se logre en él un éxito colectivo, bien porque sirva de homenaje a una trayectoria. Pero el último partido de Mario Iglesias con la camiseta del Obradoiro no guarda ninguno de esos dos recuerdos. Es más, se puede calificar de triste epílogo porque no fue la despedida que merecía un jugador que permanece en la memoria del obradoirismo menos joven.

Ocurrió en Andorra el 22 de mayo de 1988. El Obra disputaba el play-out con el Andorra por la permanencia en Primera B, después de una temporada irregular, llena de problemas deportivos y extradeportivos en la que Mario jugó buena parte de los partidos pese a estar lesionado. Con ventaja de 2-1 para el equipo del Principado, el Obra era un equipo desahuciado y a la deriva que acabó perdiendo ese cuarto partido por un estrepitoso 117-88, que implicaba el descenso de categoría. La hoja de servicios de Mario, la última con el Obradoiro, incluyó 7 puntos y su eliminación por 5 faltas personales. Lo dicho: un final inmerecido tras muchas temporadas vistiendo la camiseta del club santiagués.
Mario, volando en el viejo Sar
(Foto: Cedida por Tonecho Lorenzo)
Curiosamente, ese verano de 1988 -como tantos otros- resultó muy convulso para la entidad obradoirista. El descenso ganado en la cancha no se llegó a producir en los despachos y el club consiguió de nuevo plaza en Primera B por una serie de renuncias. Incluso cambió de presidente y dio la bienvenida al conocido empresario de origen palestino Ghaleb Jaber. Pero para llegar ahí hubo que esperar casi al final del verano. De hecho esos meses el Obra llegó a estar dirigido por una gestora. Todo era pura provisionalidad. Y uno de los integrantes de esa gestora, Luis Seoane, admitía en la prensa aquellas semanas que Mario no quería dejar el equipo. "Respecto a Mario Iglesias, el próximo día 5 [de julio] hablaremos con él sobre la posible rescisión del contrato. A Mario le gustaría quedar aquí", declaraba Seoane. El ídolo obradoirista terminó cambiando de equipo.

Lo cierto es que no era la primera ocasión en que Mario Iglesias dejaba el Obradoiro. Esa experiencia ya la había vivido en el verano de 1982. Apenas semanas después del legendario ascenso de Mataró, Mario confirmaba que no jugaría aquella primera temporada del Obra en la élite. La razón la ha explicado él mismo en varias ocasiones: sus rodillas no aguantarían el ritmo que iba a imponer el míster Todor Lazic. Conocía sus limitaciones y era consciente de que no era posible. Y se fue al mítico Bosco de A Coruña. Fueron dos temporadas lejos de Santiago hasta que en el verano de 1984 retornó a su casa para echar por tierra aquello de que segundas partes nunca fueron buenas.

Mario, arriba en el centro, con el Bosco de A Coruña (1983-84)
(Foto: Pepe Peinado)
Su segundo adiós sí fue definitivo. Tras el descenso de Andorra y ante la falta de noticias, Mario Iglesias hizo las maletas y se fue a Asturias. Encaraba así sus últimos años como jugador de baloncesto, primero en el Oviedo (temporada 88-89) y después en algunos equipos gallegos, como el Aguas de Mondariz vigués. Cuenta Cristina Guillén en su entrevista que acabó su trayectoria deportiva con cuatro ascensos y dos rodillas destrozadas que aguardan sendas prótesis.

"O querido Obra, o noso equipo", le dice Mario a las cámaras de TVG. Pero que nadie se confunda: si por algo se caracterizó este jugador fue su profesionalidad dentro y fuera del club. Buena muestra de ello sucedió el 11 de marzo de 1989. Ese día imaginamos que no tuvo que ser demasiado fácil para nuestro protagonista enfrentarse al Obra en el viejo Sar y meterle 19 puntos defendiendo la camiseta del Oviedo. Ni eso, ni ver como su aportación en la cancha facilitaba que su equipo del alma perdiese aquel día 79-108.

Sonriente, el primero por la izquierda, en el año del ascenso
(Foto: Cedida por Tonecho Lorenzo)
Pasaron los meses y el pabellón que le vio crecer fue derribado. El Obra se quedó a una ronda de la ACB, el jugador terminó su carrera profesional y el club santiagués estaba a punto de iniciar el periplo judicial más largo de la historia del deporte español. Sus caminos no volvieron a cruzarse. Pero lo que parece claro es que Mario Iglesias Botia no se ha olvidado del Obradoiro. Ni el obradoirismo se olvidará nunca de él.